Siempre tengo los pies fríos, a pesar de los calcetines de piel de teleñeco.
Y eso no significa nada.
En esta calle, cuando llueve, suele oler a detergente. Hay días en los que la lluvia sólo huele a ozono, y es esa normalidad circunstancial la que me descalabra.
No hay nada que mirar por las ventanas. Puedes oir ladrar a los perros en intervalos regulares, siempre a las tres y luego otra vez a las seis (de la mañana, por supuesto), pero no puedes verlos. Sabes que están, porque todas las noches marcan el ritmo del insomnio, pero no sabes donde.
Esto tampoco significa nada, pero creo que explica porqué el olor a ozono me descoloca. Es porque aquí las cosas nunca son muy normales.
Alguien decía que las carreteras son siempre lo mismo. Yo añadiría que la gente también lo es. Supongo que por eso me da pereza. Sí, lo admito, me da pereza la gente. Me dan pereza los discursos desgastados. Los discursos como este, exactamente. Los discursos que alardean tanto como los que se compadecen. Los que intentan desmarcarse tanto como los que intentan integrarse.
Me da tanta pereza tu discurso como el mio. Por eso el siguiente punto es un punto y final.
